¿A qué hora debo tomar el primer café del día?

Tomar deleite oscuro en ayunas no es lo más sabio ni pensando en la salud estomacal ni cuando se trata de obtener el máximo rendimiento de la cafeína ingerida. Esas son dos buenas razones para modificar, en la medida de lo posible, el hábito cafetero. El consejo de la ciencia llama tomar la primera taza del día entre las 9:30 y las 11:30 de la mañana. Ajustar el resto de las citas diarias con la cafetera a esas horas puede resultar problemático. ¿La compensación lo vale?

¿A qué hora debo tomar el primer café del día?

Escuchar a la ciencia es de gran ayuda en muchos terrenos. A mí me ha ayudado a extraer el máximo rendimiento de la dosis cafetera con la que suelo inaugurar mis mañanas.

Antes, lo primero que hacía al levantarme era alistar la cafetera y servirme una deliciosa taza humeante.

Duré décadas conduciéndome de ese modo. Hace unos días, sin embargo, decidí variar mi rutina.

No me malentiendan. Sigo pensando que el café es un despertador inigualable.

Sin embargo, mi estilo de vida y mi trabajo muchas veces me obligan a comer a deshoras o a preferir comida rápida antes que saludable.

Los efectos de esa acumulación de malas decisiones se han traducido en algunas visitas al consultorio.

Mi médico familiar me hizo ver que quizás no era lo más sabio tomar deleite oscuro en ayunas.

Desde luego, no soy alguien que se quede conforme con una recomendación que afecta mi hábito mañanero.

Busqué una segunda opinión y ésta coincidió.

Investigar más al respecto no modificó el dictamen.

Tomar café con el estómago vacío quizás no sea lo más sabio cuando, a lo largo de la jornada, no puedes darte el tiempo para llevar un regimen alimenticio acorde a la sensibilidad de tu estómago.

Por eso, me he propuesto ser más disciplinado.

Un hábito que estoy cultivando, siguiendo el consejo científico, es el de tomar la bebida oscura entre las 9:30 y las 11:30 de la mañana.

Sucede que, contrario a lo que pensaba, el café no es un requisito ineludible para despertar.

Se requiere cuando disminuye la generación de cortisol, hormona que contribuye a mantener alerta la conciencia.

El organismo humano produce esa sustancia todos los días, a todas horas.

Baja el ritmo de producción durante la noche y lo aumenta de madrugada. Alcanza su pico entre las 8 y las 9 de la mañana.

Su presencia comienza a decaer más o menos una hora después de despertar.

Es decir, toda la vida había tomado café en el momento en que el cortisol anda a tope.

Esto no sólo disminuye la eficacia de la cafeína, también puede aumentar la resistencia del cuerpo al estímulo energético, lo que llega a originar una sobreproducción de la hormona de la alerta que perturba el ritmo circadiano y, por extensión, afecta la salud.

Un primer resultado, no sé si definirlo como positivo o negativo, es que ahora estoy más presente en mi trabajo.

Antes, cuando bebía la taza despertadora, lograba mantenerme atento y concentrado hasta cerca del mediodía. A esa hora empezaba a pesar la cabeza y tenía que salir a comprar la segunda dosis oscura del día.

Ahora, con el ajuste, voy por mi café en cuanto empiezo a notar que disminuye mi concentración, esto ocurre generalmente a eso de las 11 de la mañana.

Al mediodía ya estoy en pleno funcionamiento de nueva cuenta y logró sacar más pendientes antes de la hora de comer.

Luego de los vegetales y la carne blanca, parte de la nueva disciplina, pido el segundo café del día (que era el tercero de la rutina anterior).

No todo es coser y cantar con ésta forma de hacer las cosas. Por lo general, ya sólo tomo tres tazas de mi bebida favorita a lo largo del día. He restado una dosis a mi jornada porque tendría que tomarla después de las 20 horas y eso pondría en riesgo una buena noche de sueño.

Considero que la compensación, medida en términos de bienestar y descanso, es suficiente.

Además, la alternativa, verme obligado a prescindir de las tazas humeantes durante días por recomendación médica, o porque el insomnio hace de las suyas, entra en la categoría de cosas que no le deseo a nadie. Esa prohibición, al menos en mi caso, sólo agrega depresión al malestar.

Foto de David Mao en Unsplash

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