Café para despertar y café para dormir

El consumo de café tiene en la cafeína tanto un fuerte aliciente como un inconveniente de consideración. Los amantes del deleite oscuro difícilmente se contentan con la dosis mañanera; la taza humeante también se lleva bien con la tarde y la noche. Energía y sabor conforman una dúpla poderosa, tanto que hay quienes recurren a ella, incluso a riesgo de pasar buena parte de la noche contando ovejas. Sí, la carga cafeínica puede causar insomnio. Para tal escenario, la mejor solución es recurrir a las mezclas descafeinadas.

Café para despertar y café para dormir

La propulsión que brinda una buena taza de café cada mañana es insustituible. Por eso, tanto para mí como para millones de personas, despertar y tomar una dosis de cafeína son una misma cosa.

Sin embargo, el deleite oscuro no se limita a proporcionar energía al inicio del día, posee un atractivo y bondades que combinan bien con la hora de comer y con la cena.

Algunas personas suelen abstenerse de la dosis nocturna porque la cafeína mantiene despierta a la gente.

Muchos cafeteros, aunque saben de ese efecto colateral, simplemente no van a la cama sin antes haber agotado una última taza humeante.

Que apuren algunos momentos de párpados abiertos ya sea recostados mirando al techo, ya sea consultando el reloj, no les quita el hábito.

Confieso que soy sensible a la cafeína, tanto que dar unos cortos sorbos a un refresco cerca de la hora destinada al descanso basta para condenarme a contar ovejas y más ovejas.

La única solución que me ha funcionado es cultivar una disciplina que asegure la presencia de café descafeinado en la cocina luego de que el sol se ha ido del cielo.

Así conservo el hábito de poner a funcionar a mi vieja amiga, la cafetera, y preparar el último deleite oscuro de la jornada sin riesgo a pagar el precio de una noche de insomnio.

Cuando estoy fuera de casa y tengo ganas de un descafeinado, recurro a Dunkin' Donuts.

Una parada rápida en su local me proporciona una dosis de mezcla de calidad sin los efectos del alcaloide.

Como las estaciones se suceden, y traen cambios de temperatura, procuro adaptarme. Con el arribo de días calurosos, por ejemplo, el hábito de la taza humeante cede espacio al café helado.

Para no alterar demasiado la rutina, recurro a bebidas tan frías como descafeinadas.

¿De dónde proviene la estimulante sustancia?

La cafeína está presente de forma natural en el grano surgido del cafeto.

Eliminarla de la molécula cafetera exige un sistema especial de extracción con agua.

Se trata de un procedimiento exigente, tanto que cada productor afirma poseer, en exclusiva, el mejor sistema para descafeinar las semillas.

En realidad, saber cómo se produce no genera en mí una curiosidad insobornable.

Me basta con disfrutar de una deliciosa taza de Java sin los efectos secundarios, específicamente el insomnio, del café normal.

El sabor de un buen descafeinado no está muy alejado del que ofrece una mezcla regular aceptable.

De hecho, apenas sí noto la diferencia.

Tengo amigos, y conocidos, con quienes comparto ese rasgo contrario a la ingesta del estimulante cafetero.

Sin embargo, ellos llevan el asunto hasta el siguiente nivel.

Cuando visitan una cafetería, dicen, les preocupa que el barista prepare una taza de café normal en lugar del deleite descafeinado, ya sea por una confusión o porque justo en ese momento se quedan sin el granos especialmente tratado.

A veces, tras dar unos sorbos al bebible bajo sospecha, manifiestan síntomas cafeínicos, pero, ¿son reales esos efectos o el resultado de la autosugestión?

Como dudas por ese estilo suelen persiguirlos, prefieren ampliamente cerrarles el paso mediante el sencillo método de tener su propia mezcla descafeinada en casa.

Bajo ningún concepto quieren arriesgarse a perder valiosas horas de sueño.

Pienso que, por la influencia de esos amigos y conocidos, cuando me veo forzado a visitar una cafetería a temprana hora, a veces me sucede justo lo opuesto.

Pido una taza de fuerte carga y, si noto que el empleado del mostrador está un tanto distraído (¿acaso tiene más sueño que yo?), me da por sospechar que quizás no apuntó bien mi pedido.

Enseguida, me sobresalta el temor, en ocasiones distrazado de fastidio, de haber pagado cuatro dólares por una dosis cafetera que no me brindará una óptima sacudida para empezar el día.

Resignado, algo ansioso, y no sin cierto alivio, concluyo que, normal o descafeinado, necesito mi café.

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