Cápsulas de café: automático no siempre es mejor

Es un sistema que ha ganado mucha popularidad porque es un modo automático de preparar deleite oscuro. Una de sus limitantes principales es que el consumidor no puede personalizar sus bebidas. Debe conformarse con lo que hay dentro de la cápsula y con la variedad de sabores disponibles para su equipo. No obstante, existe la posibilidad de recargar las vainas con mezclas que nos permitan dar un giro a las monodosis habituales. El inconveniente más señalado es que da lugar a tazas humeantes más débiles.

Cápsulas de café: automático no siempre es mejor

La cápsula de café es el alma de máquinas que, una vez accionadas, preparan deleite oscuro al instante.

Con este sistema, obtener una taza humeante es tan fácil como introducir la cápsula en la cafetera y pulsar un botón.

Black & Decker, Melitta, Philips, Senseo, Folgers y Nespresso son algunas compañías que cultivan esta forma de preparar la bebida favorita del mundo.

La receta automática, muy apropiada para rutinas llenas de prisa, no tanto para quienes gustan de catar grano fresco, ha despertado una fuerte competencia por ganar la preferencia del consumidor a través del desarrollo de vainas con más calidad y una mayor variedad de sabores.

Cabe mencionar que, después de utilizar estos equipos, suele haber un goteo prolongado.

Mientras los fabricantes se ocupan de afinar nuevos productos, el consumidor puede dedicar tiempo a desarrollar sus propias mezclas encapsuladas y así paliar una de las desventajas de estos productos: la imposibilidad de personalizar la preparación

Cualquiera puede hacer su propia vaina de café en casa con suma facilidad, con el ahorro de dinero que eso conlleva, siempre y cuando tenga a mano contenedores recargables que embonen bien en el equipo a utilizar (las cápsulas diseñadas para un equipo no caben en la cafetera de otro fabricante de monodosis).

Lo promero es limpiar las cápsulas cafeteras. A continuación hay que rellenarlas con el café molido que deseamos probar.

Se recomienda dejar un espacio mínimo, apenas perceptible, algo así como un milímetro, antes de que el grano alcance la parte superior del recipiente.

Enseguida, debemos verificar que no haya granulado en los bordes, si lo hay, debemos limpiarlos.

La segunda parte reclama usar papel aluminio, o mejor dicho, círculos de papel aluminio que sean más grandes que el diámetro de la cápsula, unos dos centímetros y medio de diferencia serán suficientes.

Lo siguiente es colocar esa barrera metálica en el recipiente lleno para envolverla, cuidando que quede sujeta al borde con firmeza, tanto como para constituir un sello que impida el paso del aire.

Debe conseguir una imagen similar a la que observa cada que compra una cápsula nueva.

Tras la operación de sellado, el recipiente ya está listo para su cita con la cafetera.

Según varios consumidores que han explorado ésta opción, la recarga tiene un inconveniente: produce una taza con un sabor más débil.

Siguiendo la línea negativa, las cápsulas tradicionales se han convertido en una fuente de contaminación.

Como toda su eficiencia es para una sola ocasión, no queda de otra que desecharlas.

Para mitigar este problema, los fabricantes intentan introducir más opciones recargables o bien empaques de monodosis biodegradables.

Aún es muy pronto para saber si sus innovaciones dan el resultado deseado.

A quienes dedican tiempo a preparar su café empleando métodos menos automáticos lo enunciado en las líneas previas les tiene sin cuidado.

Las mezclas de grano con su amplio espectro de sabores, el molido de las semillas, la infusión que materializa una prensa francesa, o una máquina de espresso, se mantienen como el conjunto de pasos ideal, el programa de mano de la ceremonia del café.

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