Consejos de un bebedor de cafeína

El umbral de consumo seguro de la cafeína, así lo indican institutos de salud, se ubica en los 400 miligramos diarios. Eso se traduce como cuatro, tal vez cinco, tazas de café al día. ¿En qué momento hay que recurrir al café por su propiedad energética? Una respuesta automática dicta: cuando la somnolencia es demasiada. El consumo de cafeína, sin embargo, reclama aplicar conocimientos tanto teóricos como prácticos.

Consejos de un bebedor de cafeína

Soy un bebedor de café, pero no lo tomo a todas horas.

Décadas de adicción me han valido adquirir conocimientos tanto teóricos como prácticos para extraer la mejor experiencia de cada dosis cafetera.

Uno de los aspectos que más cuido es la ingesta de cafeína.

El umbral de consumo seguro, así lo indican institutos de salud, se ubica en los 400 miligramos diarios. Eso se traduce como cuatro, tal vez cinco, tazas humeantes cada 24 horas.

En mis días de bebedor irredento, cinco era el mínimo de recipientes que vaciaba por dos razones: me gusta el deleite oscuro y agradezco infinitamente el aporte que brinda su famoso alcaloide.

Hoy día, mi rutina con los granos es muy distinta.

¿En qué momentos recurro al café por su propiedad energética?

La respuesta automática es: cuando me siento somnoliento.

Sucede que a veces, por razones como el estrés o el exceso de fiesta de la víspera, la noche se hace muy corta y no descanso lo suficiente.

Retomar la rutina en esa condición es todo un reto, tanto que de cuando en cuando los párpados se sienten pesados, muy pesados.

Entonces, recurro a un buen espresso.

Su sabor intenso y concentrado estimula mi sistema nervioso central, despierta a las neuronas, así recupero buena parte de mi capacidad de atención.

Bajo su influjo mi rendimiento en la oficina es poco menos que óptimo. Cuando lo tomo a eso de las once de la mañana, me ayuda a librar el trámite laboral hasta la hora de comer. La memoria también se beneficia con la presencia de la cafeína.

Cuando estoy por la labor de hacer ejercicio, bebo café. Procuro programar la ingesta de modo que los efectos del alcaloide se manifiesten justo cuando inicio la parte más pesada de mi rutina.

Comparto con millones de personas el gusto de incluir café en el desayuno. No lo bebo en ayunas porque tengo claro una de sus facetas menos gratas: causar acidez estomacal.

Lo de medir la cantidad de tazas diarias es, principalmente, para impedir que la cafeína cause un aumento de mi presión sanguínea.

De noche sólo bebo descafeinado, temo a quedarme despierto por causa del estimulante presente en los granos de mi bebida favorita.

No sin trabajo aprendí a apreciar los beneficios y las bondades de una magnífica noche de sueño.

Ciertas preparaciones, como un frappuchino con crema batida y chocolate dulce, me gustan mucho, pero las evito cuando no busco el sabor sino el aporte energético.

Si el asunto es obtener la recarga de energía, el café sólo basta, sin añadir ni azúcar ni algún jarabe o complemento con dulzor.

Otro cambio que he introducido en mi cotidianidad cafetera es el de beber agua antes de tomar una taza humeante.

No lo he mencionado pero, la cafeína es un diurético, lo que significa frecuentes idas al baño para hacer del uno, reacción natural del cuerpo para desechar al alcaloide.

Por tanto, hay que prevenir una posible deshidratación.

No queda sino referir otros atributos que resultan de ingerir café en cantidades amigables con el organismo: ayuda a aligerar dolores de cabeza, es útil contra la depresión, contribuye a regular el azúcar en la sangre y brinda cierta protección contra enfermedades cardiovasculares.

Más allá de su sabor inigualable, sobran razones de peso para beber café.

Foto de Alphacolor en Unsplash

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