Endulzar el día con un café turco

Hay ocasiones en que la necesidad de beber una magnífica taza de deleite oscuro es más importante que ver una final de fútbol. Un café turco, por ejemplo, bien puede opacar a un partido tan esperado como el que decide al mejor club de Europa.

Endulzar el día con un café turco

Cuando supe que la final de la Champions League sería en Turquía, en un acto reflejo pensé en lo apropiado que sería obsequiarme un café turco el día del partido.

Ya se imaginaran la desilusión que sentí cuando me enteré de que, por causa de la pandemia, cambiaron la sede del encuentro a Portugal.

El 29 de mayo, el día del juego, eb casa teníamos todo dispuesto para observar a dos equipos ingleses, Chelsea y Manchester City, disputar la orejona.

Desde el silbatazo inicial supe que algo no andaba bien.

Los movimientos de los jugadores, el ir y venir del balón, la narración, no me generaban mayor entusiasmo.

Ni siquiera sabría decir si el partido era bueno o malo. No podía prestarle atención.

Algo faltaba, necesitaba algo distinto, algo que me había prometido a mí mismo.

No se habían cumplido ni los diez minutos iniciales del encuentro cuando comprendí qué sucedía.

Mi paladar era el principal promotor de esa revuelta. Si no accedía a su demanda, no iba a permitirme disfrutar de la final.

Le dije a mis amigos que saldría un momento, que había olvidado realizar una compra importante.

Salí de casa a toda prisa y me dirigí al Java Times Caffé.

Pedí un café turco.

Mi gesto era como el de un sediento pidiendo agua a cualquier precio.

Hugo, el barista, me saludó con esa sonrisa de complicidad que tanto aprecio.

En apenas un par de minutos, recibí mi pedido.

La ansiedad reflejada en mi rostro era tan notoria que Hugo, sabedor de que me gustan las bromas con base cafetera, tuvo a bien torturarme un poco.

“¿Dos de azúcar?”, me preguntó y los sobres de endulzante parecían a punto de caer sobre mi café.

Le dediqué mi mejor mirada de “no te pases de listo” y agregué la frase que suelo dedicar a muchos de mis amigos: “Muy gracioso, deberías ser comediante”.

Nada más dar el primer sorbo a la bebida, sentí que el mundo volvía a cobrar sentido.

Mantuve ese primer trago en mi boca varios segundos.

Espléndido, sencillamente espléndido, pensé mientras apuraba un segundo trago.

Cumplida la promesa hecha, mi paladar firmó la paz.

Al instante recordé a los amigos y la final de la Champions.

Llegué a casa para ver los minutos finales.

Mis camaradas, desde luego, no me habían extrañado.

Debo reconocer que yo tampoco los eché en falta.

El silbatazo final llegó.

Los blues se abrazaron de alegría.

Qué cerca quedaron los citizens y qué varapalo para su técnico, Josep Guardiola.

La verdad, me dio igual el resultado.

Aunque para ese momento ya había tomado un generoso vaso de agua, en mi boca todavía resplandecía el intenso y dulce sabor del café turco.

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