La importancia social del café

Se estima que cerca de 3 millones de personas en México dependen en algún grado del café. Los cafeticultores se dividen en tres grupos: productores de infrasubsistencia, productores de subsistencia y productores excedentarios. Es bastante común que los productores con escasa superficie cultivable empeñen su cosecha. Una vez que recogen los frutos de su labor, finiquitan la deuda y el ciclo comienza otra vez. De un modo u otro el café se las arregla para cumplir con su enorme función social.

La importancia social del café

¿Qué tan importante es la cafeticultura en México?

Apenas un dato basta para ilustrar el papel que juega en la economía de muchos mexicanos: existen alrededor de 500 mil productores de grano en territorio nacional.

Su importancia desde el punto de vista social es más difícil de dimensionar. A esa cantidad de cafeticultores hay que agregar a sus familias y a las personas ligadas a los procesos de transformación, beneficio y comercialización de las bayas.

Se estima que cerca de 3 millones de personas en el país dependen en algún grado de la bebida oscura.

Las tierras donde se cultiva la Coffea están repartidas en 484 municipios; 74 de ellos concentran el 70 por ciento de la producción nacional.

Desde la perspectiva social, los agricultores del café se dividen en tres conjuntos:

El primero es el de los Productores de Infrasubsistencia.

Son aquellos cuya producción, durante cierto tiempo, se destina el consumo familiar. Sin embargo, como no alcanza a cubrir las necesidades alimenticias del hogar, otros miembros de la familia deben conseguir dinero en otros empleos para adquirir más productos.

El segundo está conformado por los Productores de Subsistencia.

Los miembros de esta categoría poseen una parcela que permite cubrir la necesidad alimentaria del núcleo familiar. La cosecha es mínima, pero suficiente. No se requiere el aporte económico de alguien más para adquirir la canasta básica.

En tercer lugar vienen los excedentarios.

Ellos obtienen de su plantación recursos suficientes para mantener a los suyos y un excedente que le permite situar su producto en el mercado con miras a conseguir alguna ganancia.

Más del 95 por ciento de los cafeticultores pertenece a la categoría de propietarios de plantaciones con superficies de cultivo no mayores a cinco hectáreas.

Se trata de pequeños productores para quienes el café representa, a un tiempo, su forma de vida y su medio de subsistencia.

Poco más de cuatro de cada cien dueños de cafetales son empresarios en toda regla; de esos cuatro, apenas uno se inscribe entre los productores medianos o grandes.

Es bastante común que los productores con escasa superficie cultivable empeñen su cosecha.

Una vez que recogen los frutos de su labor, finiquitan la deuda y el ciclo comienza otra vez: buscan nuevos créditos a saldarse con la próxima cosecha, de otro modo no podrían pagar la mano de obra que ocupan para trabajar el cafetal.

En general, los pequeños y medianos productores con capacidad para secar o beneficiar la cereza están condicionados por bajos niveles de capitalización.

Como se impone la necesidad de agarrar dinero de inmediato y no poseen sino la cosecha por venir, acaban tratando con “coyotes”, intermediarios con capacidad económica para otorgar créditos y transformar el producto.

El arreglo con los coyores tiene el inconveniente de que el campesino entrega su producto a un precio inferior al que marca el mercado internacional.

De un modo u otro el café se las arregla para cumplir con su enorme función social: mantener al cafeticultor, a sus familias y a la gente que en algún grado depende de la industria cafetera.

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